Kaguyahime

Del libro: El Cuento del Cortador de Bambú

He sentido por primera vez una pena enorme de no conocer el japonés. Y he sentido al mismo tiempo una increíble vergüenza por no haber descubierto antes la literatura asiática. ¡Qué sutil!

El Cuento del Cortador de Bambú

El Cuento del Cortador de Bambú es el primer cuento de ficción japonés, escrito a finales del siglo IX. Es, por ello, un reflejo fiel a la corte imperial japonesa -lejos de los famosísimos samuráis, geishas y demás personajes ridículamente occidentalizados a modo de príncipes azules y cenicientas-. Kaguyahime (La princesa Kaguya) nace dentro de un bambú, trayendo oro y riqueza al “leñador” que la encuentra. ¿Y qué princesa, aún celestial, se puede ser sin un hombre? ¡Qué desgracia sería para la especie humana y protozoica! Además, ¿qué cuento digno de marcar el origen de una civilización podría quedar fuera de sus incoherentes pero religiosísimas normas sociales? A sus pretendientes pide a cambio de su mano objetos totalmente llamativos: Un cuenco azulado de Buda, joyas que cuelgan del cuello de un dragón, árboles de esmeraldas y oro, la concha marina que guardan las golondrinas y pieles de ratones de fuego incombustibles. ¿Ahora comprendéis su luminosidad? Pero la luna… La luna es melancólica. -¿No os parece terriblemente bello que aquel suyo satélite sea nuestro mismo satélite? Tal vez Kaguya nunca haya existido, pero podría asegurar con la intuición que el subconsciente colectivo me provee, que muchas princesas han suspirado bajo su luz superior- ¡Y no se hable más! El final queda para vosotros.

Una película de estudio Ghibli

“Una vez vi a una mujer que se le caía una lágrima cada vez que recordaba”

Dice la película de Isao Takahata que lleva por nombre El Cuento de la Princesa Kaguya. Una idea muy budista la de haber tenido vidas anteriores, así que no es casualidad que este personaje femenino, habitante de otro mundo celestial, tenga la forma típica de las imágenes budistas. También es especial conocer las costumbres de la alta nobleza asiática: Pintarse los dientes negros o afeitarse las cejas para después pintarlas eran símbolos de belleza. ¿Por qué? Porque ocultaban la expresividad. Un rasgo muy japonés incluso para nuestro tiempo. 

Libro y película hacen alusión a un manto celeste de plumas con el que los habitantes de la luna bajan hasta nuestro mundo. No es la primera vez que esta vestimenta aparece en el arte japonés, sino que un teatro clásico (Hagoromo) relata cómo una deidad de la luna lo usa para descender hasta un lago. Un pescador lo roba y, fascinado por la belleza de la mujer, se niega a devolvérselo. Ella promete danzar para él, y así la obra se cierra con una doncella que baila y asciende hacia el cielo nocturno. ¿Os suena esta imagen? A mí me recuerda a algunas escenas de El Castillo ambulante, otra película del mismo estudio. Todo su cine emana de la misma fuente de inspiración, y eso es lo más bonito de las películas Ghibli: Han creado su mundo de tradición pausada en un mundo cambiante y acelerado.

He escogido una imagen de la película de Takahata para abrir este primer post y es digno detenerse a comprenderla. Colores en acuarela difuminados y apenas delineados, pero que consiguen recrear la imponente delicadeza del cuento original. En la imagen, la luna posa como indiferente y protagonista al mismo tiempo. Kaguyahime está exhausta y tendida sobre un suelo blanco. En realidad podríamos creer que esa “cámara cinematográfica” está colocada en el suelo lunar, de no ser porque ella se muestra en tercera persona. Me impresiona cómo tímidamente se demuestra que la Luna en sí misma es un personaje principal, un personaje sin líneas, sin voz, sólo con una fuerte presencia. Qué maravillosa escena cargada de nostalgia y frialdad. ¿Y las pequeñas hadas, las veis danzando? Parecen seres apáticos pero ellas sólo están cuidando de su princesa.